
Vacío Existencial
Cuando el personaje ya no te sirve
Hay gente que llega a consulta diciendo algo así: “No me pasa nada grave… pero me siento vacío”. Tienen vida “normal”: trabajo, familia, rutinas. Y aun así por dentro hay desconexión, apatía, irritación, tristeza sin motivo claro o una ansiedad que no sabe contra qué pelear.
Una hipótesis útil para entender esto es sencilla: nacemos con una base y, con los años, construimos un personaje para adaptarnos. Cuando el personaje se aleja demasiado de la base, tarde o temprano aparecen crisis.
La base: lo que traes de serie
Cada persona viene con unas cartas: sensibilidad, nivel de energía, ritmo, capacidad para tolerar estrés, necesidad de estar con gente o de estar solo, facilidad para ilusionarse, tendencia a preocuparse, etc. No lo eliges. Te toca.
A eso lo llamo base. No es una cárcel, pero sí marca un rango: hay formas de vida que te encajan mejor y otras que te pasan factura.
El personaje: lo que aprendes para encajar
Luego, durante la infancia y la adolescencia, vas creando un “yo” para manejarte en el mundo. Aprendes qué se premia, qué se castiga, qué es seguro mostrar y qué conviene ocultar. Aprendes a cumplir expectativas, a evitar problemas, a ganarte el cariño o a no molestar.
Ese “yo aprendido” es el personaje. Y a veces el personaje funciona tan bien hacia fuera que la persona se queda sin aire por dentro.
Ejemplo típico:
- Base: “necesito calma, espacio, hacer las cosas a mi ritmo”.
- Personaje: “tengo que rendir, estar disponible, demostrar, no fallar”.
Por fuera, correcto. Por dentro, desgaste.
Las crisis: el aviso de que algo no encaja
Cuando ese desajuste dura demasiado, el sistema protesta. La protesta puede ser ansiedad, depresión, vacío, irritabilidad o la sensación de “mi vida no tiene sentido”. No siempre hay una tragedia. A veces el problema es simplemente que estás viviendo de una forma que no te encaja.
Las crisis, vistas así, son como una revisión: te obligan a mirar lo que llevas años ignorando.
“Pero si sabemos lo que hay que hacer… ¿por qué no lo hacemos?”
Cuando abordamos este tipo de planteamientos de vacío, a veces con desgana o desmotivación y otras con ansiedad o inquietud, uno de los primeros intentos de salir de dicho estado tiene que ver con comenzar a hacer algunos cambios. Son cambios que te permiten ver la dimensión del problema y para encontrar elementos del personaje creado que encajen en la base.
Aquí está la parte que desespera a muchos terapeutas (y a los pacientes): dices “duerme mejor, muévete un poco, reduce pantallas, sal al aire libre, busca contacto social, ordena horarios”… y la persona asiente, incluso lo entiende. Pero luego no lo hace.
Un profesor decía algo parecido a: tratar una depresión es fácil; lo difícil es que la persona haga lo que necesita hacer.
Y tiene razón: el problema rara vez es falta de información. El problema suele ser que hacer el cambio toca algo profundo.
Cuatro frenos típicos
- El estado
En depresión hay poca energía, poca iniciativa y poca recompensa. A veces pedir grandes cambios es pedir demasiado. No es pereza: es incapacidad del momento. - El hábito
La rutina tira fuerte. Si tu vida está montada para dormir mal, comer rápido y estar con el móvil hasta tarde, el cuerpo repite lo conocido. Cambiar cuesta porque tu día está diseñado para lo contrario. - Evitar sentir
Muchos cambios “buenos” hacen que aparezcan emociones: soledad, ansiedad, vacío, tristeza, rabia. Y si la persona lleva años evitando sentir, el cambio le da miedo. - El personaje se defiende
Esta es la clave: a veces mejorar amenaza la identidad.
- “Si me cuido, dejo de ser el que aguanta.”
- “Si mejoro, ya no tengo excusa y me van a exigir más.”
- “Si cambio, tengo que tomar decisiones y me da vértigo.”
- “Si dejo de estar mal, me enfrento a un duelo pendiente.”
En esos casos, no cambiar no es tontería: es una forma de mantenerse a salvo… aunque salga caro.
Dos carriles para que el cambio sea posible
Decir “haz deporte” es correcto, pero muchas veces inútil. La adherencia no se gana con frases bonitas; se gana con un plan que el sistema pueda tolerar.
1) Entender qué protege el “no”
Cuando una persona no hace un cambio, la pregunta útil no es “¿por qué no quieres?”, sino:
¿qué pierdes si lo haces?
Ahí suele aparecer la pieza oculta.
2) Hacerlo tan pequeño que no asuste
No se trata de heroicidades. Se trata de consistencia.
- No “hacer deporte”.
Ponerte las zapatillas y salir 3 minutos. - No “higiene del sueño perfecta”.
Una regla: misma hora de levantarse. - No “cambiar de vida”.
Un paso mínimo, repetible incluso en un día malo.
Porque la identidad no cambia por entender; cambia cuando el cuerpo ve pruebas: “soy alguien que cumple algo pequeño cada día”.
¿Y lo biológico?
Claro que existe. El cuerpo cambia: hormonas, estrés, sueño, medicación, enfermedades, incluso cambios sostenidos tras años difíciles. Y eso afecta mucho.
Pero incluso cuando el origen es biológico o externo, el sufrimiento se vuelve crónico cuando el personaje intenta seguir igual, como si nada. Ahí vuelve la idea del encaje: lo que antes servía, deja de servir.
Para qué sirve esta forma de abordarlo
- ayuda a ver que el síntoma a veces es un aviso, no un enemigo;
- convierte la “resistencia” en información, no en culpa;
- y te da un objetivo claro: alinear vida, hábitos y decisiones con necesidades reales.
Cuando el personaje se ajusta a la base, no aparece la felicidad eterna. Pero sí suele volver algo muy valioso: sensación de coherencia. Y con coherencia, el sentido deja de ser una idea y vuelve a sentirse.
(Este texto es divulgativo y no sustituye una evaluación profesional. Cada caso tiene matices biológicos, psicológicos y contextuales.)









