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¿Objetivo: sentirse bien?

En la consulta, cuando pregunto a mis pacientes por el objetivo que buscan, suelo recibir respuestas como: “sentirme bien”, “estar tranquilo”, “ser feliz” o “dejar de agobiarme”. Si proponernos algo nos conduce al éxito en muchos casos, en lo que se refiere al bienestar psicológico ocurre casi siempre al contrario. Querer sentirse bien no es sinónimo de conseguirlo, sobre todo a medio y largo plazo. Y es que el intento lo solemos llevar a cabo en una especie de dinámica del tipo “pan para hoy y hambre para mañana”. Buscamos alivio antes que mejoría, evitando situaciones que son necesarias para cumplir con nuestros intereses reales. De esta manera vamos transformando nuestra realidad en algo diferente a lo que en un principio habíamos establecido.

Para ilustrarlo pondremos un ejemplo:

Miguel tiene 22 años y es estudiante de medicina. Tiene novia desde hace dos años, aunque ella vive a seiscientos kilómetros de él. Se conocieron cuando Miguel fue a pasar unas vacaciones a la ciudad donde ella vive. Se considera un chico algo introvertido, de pocos amigos aunque buenos, amante de los videojuegos y el deporte, y reconoce estar muy enamorado. Ha sufrido episodios de ansiedad y estado de ánimo bajo en los últimos meses, junto con ciertos ataques de celos que reconoce abiertamente. Se imagina a Marisa, su pareja, saliendo con amigas y otros chicos intentando ligar con ella. Dice que confía, pero que no puede evitar llamarle al móvil contínuamente, poniendo cualquier escusa, sobre todo en los días y horas de mayor “peligro”. Cuando ella no le contesta a la llamada por cualquier motivo, él se enfurece y cuando tiene ocasión le recrimina su conducta. Esta actitud le ha provocado problemas en su relación que desde su punto de vista podrían haber acabado en ruptura. Ultimamente viaja casi todos los fines de semana a ver a Marisa, para regresar el domingo. Dice que de esa manera, además de poder verle, le impide sentirse tan mal cuando llega el viernes por la noche. El problema es que está descuidando los estudios, algo que le está suponiendo también un quebradero de cabeza.

Miguel plantea inicialmente la cuestión de una forma dicotómica: mi relación o mi carrera. Su novia le insiste en que se vean una vez al mes como mucho, para que la relación no interfiera claramente en los estudios de ambos (ella estudia arquitectura).

Propongo, ante esta tesitura, marcarse el objetivo de obrar a favor de nuestros intereses reales, en lugar de buscar alivio o confort insistentemente (llamarle por teléfono o viajar todos los fines de semana). Esto suele ser desagradable en ocasiones (la angustia de imaginarse a su novia rodeada de chicos), aunque a medida que lo implementamos en nuestro quehacer diario, nos damos cuenta que el propio camino nos hace sentir bien: si aprendemos a albergar nuestra ansiedad, sin buscarle una salida, no tendremos que descartar opciones importantes (mi relación o mis estudios).

Si Miguel decide cumplir con los plazos acordados para verse, no llamarle en mitad de la noche, e impedir cualquiera de las acciones discordantes, cuyo único objetivo es sacudirse su malestar, conseguiría:

1. Centrarse en sus estudios

2. Mantener su relación en la distancia

3. Aumentar la confianza en su pareja

4. Aumentar la autoestima y confianza en sí mismo.

5. Disminuir su sensibilidad ante el malestar.

Y todo esto a cambio de pasarlo mal durante unos días, albergando y aceptando su ansiedad en los momentos críticos. ¿Con qué te quedarías?

Por tanto, el objetivo de “sentirse bien” es en ocasiones equívoco, o por lo menos suele llevarnos a tomar decisiones erróneas. No renunciemos a lo que realmente damos valor, o al final lo pederemos, únicamente por dejar de sentirnos mal en determinados momentos.

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