Por Salvador Mendoza García
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7 de enero de 2026
Estrés y “espacios contaminados”: cuando el trabajo se te mete en casa El estrés, en dosis altas, es uno de los grandes combustibles de la ansiedad. Puede venir de mil sitios, pero hoy me voy a centrar en uno muy concreto: el estrés ligado al trabajo y a la responsabilidad laboral. Descansar bien no es un capricho. Es el “reseteo” que necesita el sistema mente-cuerpo para empezar la siguiente jornada con energía. El problema es que muchas personas salen del trabajo, llegan a casa, se quitan los zapatos… y la cabeza sigue en la oficina. Rumiar, repasar conversaciones, anticipar problemas, discutir mentalmente con gente que ni siquiera está presente. Te suena?. En este punto aparece un error muy habitual: contaminar el espacio de descanso. No hablo de contaminación del aire. Hablo de otra cosa más silenciosa: convertir el hogar (o parte de él) en un lugar que el cerebro empieza a asociar con el trabajo. Y cuando el cerebro hace una asociación, no suele pedirte permiso. Para explicarlo, te cuento un caso real (nombre y circunstancias modificados para preservar la intimidad). El caso de María José María José vive sola en un pequeño apartamento tranquilo, con vistas a la montaña, a las afueras de la ciudad. Trabaja desde hace un tiempo en la oficina de un supermercado familiar que ha crecido y ya tiene varios locales en la misma ciudad. La contrataron para llevar la contabilidad y poner orden, porque hasta hace relativamente poco ese tema se llevaba “como se podía”. La oficina de administración y recepción de mercancía están en un polígono industrial. Cuando se le acumula el trabajo, a veces tiene que hacer horas extra para ponerse al día. Hasta aquí, nada raro. Últimamente el volumen de trabajo aumenta y el "no me da la vida" se vuelve constante. María José decide hablar con su jefe, con quien tiene bastante confianza. Él entiende su agobio, pero le dice que de momento no pueden contratar a nadie más y que, si le paga las horas, no debería ser un gran problema. María José añade otro factor: algunas tardes, en invierno casi de noche, sale sola, el polígono está bastante solitario y ella pasa miedo hasta que llega a su coche. Tras valorar opciones, acuerdan una solución que en principio parece ideal: hacer las horas extra en casa, porque el programa informático puede ejecutarse desde cualquier ordenador, y el jefe confía en el tiempo que ella declare para contabilizarlo. Ese mismo día, mientras piensa qué material debe llevarse y cómo organizarse, su mente fabrica una escena agradable: trabajar sentada en su terraza, con vistas a la sierra, música elegida por ella (por fin), y esa sensación de “estar en casa” que parece automáticamente más relajante. Suena estupendo: pasar facturas y albaranes al ordenador en un entorno agradable. Tres meses después: la casa ya no descansa Tres meses más tarde, María José empieza a sentirse agobiada. Antes, cuando llegaba a casa tras la jornada laboral, notaba tranquilidad y desconectaba con facilidad. Ahora, incluso los días que no necesita trabajar en casa, intenta relajarse y de repente la cabeza se le va a un conflicto reciente: un malentendido con un empleado del almacén, una discusión con el jefe, y tensiones del trabajo que antes no solían acudir a su mente estando en casa. No era la primera vez que vivía situaciones similares, pero esta le afectó más. Además, duerme peor: se acuesta cansada, se despierta antes, y tiene esa sensación de “ruido mental” que no se apaga. Y claro, su conclusión es lógica: “estoy más sensible”, “me ha pillado en una época mala”, “tengo demasiado trabajo”. Todo eso influye, sí. Pero había algo que ella no estaba viendo: su casa se había contaminado de trabajo. Cuando María José empezó a trabajar desde casa, su mente comenzó a asociar ese espacio —que antes era descanso y despreocupación— con “modo oficina”. Al principio era solo la terraza. Luego, cuando hacía mal tiempo, se llevaba el portátil al salón. Alguna vez al dormitorio. Sin darse cuenta, el cerebro fue aprendiendo que “casa” también significaba “pendientes”, “responsabilidad” y “tareas sin terminar”. Y aquí viene el truco desagradable: cuando el cerebro aprende que un lugar es para trabajar, luego le cuesta muy poco recordártelo. Aunque tú estés intentando cenar. Aunque estés viendo una serie. Aunque sea domingo. Dicho en una frase: si trabajas donde descansas, entonces también descansas donde trabajas. El resultado es previsible: el descanso pierde calidad, la rumiación gana terreno, y el estrés termina instalándose también en el hogar. La intervención: límites físicos para recuperar límites mentales Después de acudir a consulta y valorar el caso, María José tomó una decisión simple pero muy eficaz: habilitar un pequeño trastero junto a la cocina para colocar el ordenador y comprometerse a trabajar siempre en esa zona. La clave no era el trastero en sí. La clave era concentrar el trabajo en un único lugar y dejar el resto de la casa —salón, dormitorio, terraza— como espacios de vida y descanso. El trastero era un espacio poco usado; “contaminar” eso tenía un coste mínimo. Las vistas pasaron a ser un patio interior, sí. pero al cabo de un par de meses ocurrió algo muy interesante: volvió la normalidad. María José recuperó su capacidad de desconectar más fácilmente y el descanso mejoró. Había “descontaminado” sus zonas habituales. En otros casos se plantea apurar el tiempo en el lugar de trabajo (oficina, etc.) para no contaminar ningún espacio doméstico. Pero en esta ocasión se descartó por una razón práctica: la oficina estaba en una zona poco recomendable para transitar sola a determinadas horas. La seguridad manda. Por qué ocurre esto (y por qué no es ninguna tontería) Nuestro cerebro reconoce el lugar en el que estamos a través de los sentidos —sobre todo vista, olfato y oído— y lo asocia a lo que solemos hacer allí. Es automático. A mucha gente le pasa algo curioso: entra en el baño “solo a lavarse los dientes” y de repente le entran ganas de usar el WC. No es magia. Es asociación. El cerebro ve el entorno y activa el “programa” típico de ese espacio. Con el dormitorio ocurre lo mismo. En problemas de insomnio se trabaja mucho este punto: si la cama se usa para leer, ver series, estar con el móvil, comer o “resolver la vida” dándole vueltas a todo, el cerebro aprende que la cama es un sitio de actividad, no de sueño. Luego llega la noche y, sorpresa: la cama ya no invita a dormir. Con el trabajo en casa, el mecanismo es idéntico: si el salón se convierte en oficina, el cerebro lo registra como oficina. Y después, cuando intentas relajarte en el mismo sitio, algo dentro de ti sigue “de guardia”. Si trabajas desde casa: cómo evitar la contaminación La idea central es sencilla: cuantos menos espacios contamines, mejor. Porque la contaminación se propaga sin que te des cuenta: hoy contestas un email en el sofá, mañana haces una llamada desde la cama, pasado revisas un Excel en la mesa de la cocina… y al final el cerebro concluye que toda la casa es “zona laboral”. Recomendaciones prácticas: Elige un único lugar para trabajar y repítelo siempre. No tiene que ser un despacho. Puede ser una esquina, una mesa fija, un trastero habilitado, incluso un armario convertido en mini-puesto. Lo importante es la consistencia. Evita trabajar en zonas de descanso: sofá, cama, dormitorio. El dormitorio, si puede ser, que sea casi un santuario de sueño. Si no te queda otra, intenta al menos que el trabajo “invasivo” (llamadas, reuniones, tareas de alta concentración) ocurra siempre en el mismo sitio. Haz un ritual de cierre al terminar: guardar portátil, recoger, apagar luz de esa zona, cerrar puerta si se puede. Son señales simples, pero al cerebro le encantan las señales. Un par de matices importantes: 1. Un espacio no se contamina en dos días. Suele requerir repetición. Pero cuando se contamina, descontaminarlo también lleva tiempo, porque hay que reeducar la asociación: volver a vivir el salón como salón, la cama como cama y la terraza como terraza. 2. No todas las personas que teletrabajan sufren las consecuencias de la contaminación de igual manera, pues ya se sabe: cada uno es cada uno... Si notas que tu descanso se deteriora, que la rumiación aumenta o que el estrés se queda contigo incluso en casa, no lo normalices. No es “tu carácter”. Muchas veces es un hábito instalado, y los hábitos, por suerte, se pueden cambiar.